Un artículo para pensar

Por Armando de la Torre

Con un título parecido publicó Lawrence E. Harrison hace unos años un estudio sobre el dispar desarrollo en la América Latina, y desde su óptica muy peculiar: la de la cultura.

Costa Rica, por tanto, habría llegado a su nivel actual de desarrollo por haber sido poblada por hombres de campo emprendedores, mientras la vecina Nicaragua lo era por conquistadores sedientos de oro y esclavos.

Esa comparación la extiende hasta incluir a Australia, a la que contrasta con la Argentina, ambas ricas en recursos naturales, poco pobladas y remotas al mundo desarrollado del Atlántico Norte, pero el crecimiento de la Argentina detenido abruptamente por su inestabilidad política en la década de los cuarenta (Perón) y por la debilidad consiguiente en que quedaron sus instituciones fundamentales, mientras el de Australia, fundada en 1788 como una colonia penal, prospera dentro de un marco capitalista democrático estable.

En esa misma tónica se nos ofrece un paralelo más actual entre Haití y Barbados, dos países pequeños, de población casi exclusivamente afroamericana, descendientes de un pasado esclavista que se remonta al siglo XVII bajo metrópolis europeas culturalmente alternas y geopolíticamente enfrentadas: Francia y la Gran Bretaña. Barbados hoy es la sociedad con el ingreso per cápita más alto al sur de los Estados Unidos, mientras es bien sabido que Haití permanece aherrojado por la pobreza y el atraso.

Culture matters, la cultura importa, concluye el autor.

Lo que se refleja hasta en los recientes cataclismos telúricos que afectaron casi al mismo tiempo a Haití y Chile. Las reacciones de las poblaciones afectadas han sido muy diferentes. En el caso haitiano, hombres y mujeres de reconocidas mayoritariamente a nivel mundial bondad y alegría, desde un primer momento reaccionaron con una actitud generalizada de espera, resignados a una salvación que sólo les podría llegar de fuera. Los chilenos, en cambio, primero han empezado por contabilizar los daños, después ya han anunciado que investigarán cuánto podrán cubrir de los gastos para la reconstrucción con recursos propios y, entonces, — proceso todavía ni siquiera incoado—, precisar el monto de la ayuda internacional que se les ha ofrecido y que aceptarían como complemento.

Nada de lo anterior tiene correlación alguna con cocientes individuales de inteligencia ni con pigmentos de la epidermis pero sí la tiene, y muy estrecha, con las respectivas jerarquías en las escalas de valores de esas culturas.

Igual sucede al interno de cada sociedad nacional entre sus estratos étnicos o sociales que muestran logros desiguales. Sabemos que al largo plazo ello no impide el desarrollo humano integral de nadie, pero siempre bajo la condición sine qua non de que no se le pongan trabas legales a la movilidad vertical hacia arriba de ninguno de sus miembros individuales.

La misma experiencia nos enseña que la piedra angular para el desarrollo de los pueblos radica en una clase media mayoritaria, libre y satisfecha (esto es, sin tentaciones de emigrar), a su vez constituida por padres de familia que ponen su confianza, por encima de todo, en los esfuerzos de superación propios, y que, además, la saben transmitir a sus hijos.

Se ha constatado que es la clase media educada la que en las sociedades democráticas termina por acertar con los mejores sistemas de gobierno y los mejores gobernantes.

Las reacciones contrapuestas de haitianos y chilenos se nos tornan, así, en posturas emblemáticas, sobre todo para los observadores del tercer mundo que aún no hemos sido tocados por tamañas desgracias.

Lamento, sea dicho de paso, lo que de ello creo poder inferir acerca de nuestro debate en torno a ProReforma: que todavía transparenten demasiados guatemaltecos (sedicentes “letrados”) su aferramiento a los valores, actitudes y opiniones del sopor haitiano y no a los del despegue chileno.